segunda-feira, 30 de novembro de 2015

Noble campesina



Érase una vez en un reino no muy lejano de Inglaterra una familia plebeya que vivía en el campo. Ellos vivían en una casa muy simple hecha de madera y paja, aun así la casa era limpia y organizada. Al lado de la casa estaba un pequeño huerto. Sus productos servían para alimentar a la familia. Lechuga, zanahoria, repollo, patata y hasta mismo tomates eran plantados allí. La familia también tenía en la pequeña hacienda una cabra, diez conejos, dos cerdos y cinco gallinas. Detrás de la casa una niña jugaba al balanceo hecho por su padre en un árbol. Después de tanto de balancearse, la niña trepaba en el árbol para comer unos mangos.
También vivía allí Helena, una mujer humilde trabajadora. Durante la semana ella fabricaba y vendía dulces en la provincia. Como los sus dulces eran los mejores de la región, ella los vendía incluso en el Palacio y en los fines de semana lavaba la ropa de algunos burgueses para completar la renta de la familia. Su marido, el carpintero Francisco producía los más bellos muebles y escultura de madera. La hija de la pareja, Diana de 13 años, era una chica gentil que para ayudar a sus padres cuidaba del  huerto y de los animalitos de la hacienda. Ellos eran muy felices con la vida tranquila que llevaban, pero un día un acontecimiento sacudió la vida de la familia Fingger. Un día al atardecer, Francisco volvía de la casa de un noble donde acababa de vender un aparador cuando fue abordado por dos ladrones que sabían que él tenía dinero. Francisco que quería escapar de esta situación tomó una piedra que estaba cerca y la lanzó en uno de los asaltantes que se desmayó. El otro ladrón mató a Francisco con una flechada certera en su corazón.
Cuando la familia recibió la triste noticia, se quedó de luto por días. Helena no aguantó tanta tristeza y adquirió depresión. Diana, a pesar de muy joven tuve que crecer rápido y asumir muchas responsabilidades. Con el tiempo su madre dejó de hacer muchas cosas como limpiar la casa y preparar la comida, entonces Diana tuvo que asumir el puesto de la madre. Estaba muy triste con todo lo que te había pasado, pero encaró la vida de frente para que ellas no tuvieran dificultades.
Un día, cuando la chica cogía unas patatas, su abuela la saludó muy emocionada. Doña Clara vivía en otro reino y cuando supo de la muerte de su hijo, salió en viaje para visitar familia,  la nieta se puso muy contenta con la visita de la abuela y las dos charlaron por un largo tiempo. Después de saber la actual situación de su familia, Doña Clara decidió entonces llevar Helena y Diana para vivir con ella. En el camino Doña Clara reveló una verdad que asombraría a todos: Diana en verdad era un hada y por eso no era hija biológica de Francisco y Helena. En el comienzo de esta historia la chica no había creído en esta historia, pero después de saber que en verdad había sido robada por su abuela, pues su madre deseaba mucho un hijo, Diana la perdonó, pero exigió saber quién eran sus verdaderos padres.  Ellos se llamaban Eduardo y Cecilia, los reyes de donde vivían.
Al fin, después de mucha dificultad para conseguir hablar con el Rey Eduardo y con la ayuda de su abuela, Diana consiguió probar a través de su semejanza con los reyes que era la verdadera princesa, pero aun así exigió que ningún mal fuera hecho a su abuela.
Después de este episodio y de esclarecer todos los años de males entendidos, Diana pasa a vivir  en el Palacio junto a sus verdaderos padres, su mama de creación y su abuela y, tras tantas tristezas ellas finalmente logra vivir feliz para siempre con su familia.

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